Los primeros años
La vida en la Gran Bretaña de los años 60 era bastante típica. Al fin y al cabo, había llegado desde Jamaica en un barco carguero y me tocó crecer entre dos culturas. En casa se respiraba el signo de los tiempos: familia, iglesia los domingos y asambleas en el colegio. Aquella mezcla marcó mi infancia.
A los 13 años me fui a un internado, y la verdad, me encantó. Allí descubrí mi voz, literalmente. Los actos escolares y las asambleas me dieron la oportunidad de superar mis miedos y aprender a hablar delante de los demás. Sin saberlo, aquello fue el comienzo de mi camino hacia acompañar a otras personas en momentos importantes.
Salir del colegio
A principios de los años 80 las opciones no eran muchas, pero yo elegí trabajar y vivir la vida. Fueron años intensos. Había enfado -por muchas razones- pero nunca fui militante. Simplemente estaba intentando encontrar mi lugar en el mundo.
A los 25 decidí volver a estudiar y me matriculé en un curso de arte dramático de dos años. Aquello me abrió puertas y me llevó a aventuras inesperadas: de teatros locales a viajar por el mundo. Acabé viviendo temporadas en Israel y Brasil, conociendo gente, aprendiendo idiomas, y descubriendo que el mundo era mucho más grande que las cuatro paredes en las que había crecido.
Viajes y Mallorca
En 1992 la vida me llevó a Italia, trabajando en un yate durante la temporada de verano. Y aquel mismo camino me acabó trayendo a Mallorca. Vine porque tenía familia aquí, y como suele pasar, me enamoré: del lugar, de la vida mediterránea… y también de una persona. Aquí nació mi primer hijo en 1994.
Si adelantamos hasta 2019, aquí sigo. Más arrugas, más historias, más calma. Vivo en Binissalem desde 1999 y Mallorca ya es hogar de verdad. Mis dos hijos ya son adultos y han volado. Mi madre también se mudó aquí hace unos años, igual que mi hermana mayor. La vida, con sus curvas, me ha traído hasta este punto y me siento agradecida.
Convertirme en celebrante
He hecho de todo en esta vida: desde ordeñar vacas en un kibutz hasta trabajar en los campos de algodón. En Brasil di clases de inglés —mal, muy mal— y he trabajado para todo tipo de empresas por el mundo. Y, siempre que he podido, también he mandado un poco… ¡porque lo llevo en la sangre! Pero el mejor trabajo que he tenido, sin duda, es el de celebrante. Cómo llegué hasta aquí sigue siendo una de mis historias favoritas para contar.
Un día de verano de 2011, sentada en la playa, recibí una llamada. Era la madre de un niño de 4 años que quería hacer una ceremonia. La madrina del pequeño había fallecido y ella quería nombrar a otra amiga como su nueva madrina. Le habían dicho que yo era la persona perfecta para oficiar la ceremonia, y quien se lo recomendó fue Joanna Walton, la florista.
Hasta el día de hoy no sé muy bien cómo Jo llegó a la conclusión de que yo era celebrante —¡si solo nos conocíamos de eventos de networking!— pero esa confusión fue un regalo, porque ese día me cambió la vida. Dije que sí, como suelo hacer, y un par de semanas después hice mi primera ceremonia para aquella familia.
Por suerte, quedaron encantados y se lo contaron a sus amistades. Entre ellas había una wedding planner. Y así fue como Tor Cooper Evans me pidió que hiciera mi primera boda al año siguiente. Le estaré eternamente agradecida por la oportunidad y la confianza que depositó en mí. Y lo más bonito: en 2014 acabé oficiando su propia boda.
En el camino correcto
Mirando hacia atrás, no debería sorprenderme: ¡todas las señales estaban ahí! Mi amor por las iglesias, pero no por las religiones patriarcales. Mi gusto por leer en voz alta y usar mi voz para acompañar y dar consuelo. Mi interés por lo místico, siempre haciéndome preguntas como: “¿Quién soy?” y “¿Hacia dónde voy desde aquí?”. Y, por supuesto, mi insaciable curiosidad por la naturaleza humana —por qué hacemos lo que hacemos y cuándo aprenderemos, por fin.
Hace poco, mi amiga, la fotógrafa Vicki McLeod, me recordó que en realidad mi primera boda fue la suya. Fue en 2005, en el suroeste de la isla, cuando me pidió que fuera con ella a traducir lo que diría la persona del registro civil. Todavía me río al recordarlo: sus invitados pensaron que yo era la oficial de la boda. Quién iba a imaginar que todo empezó antes de aquel día de verano en la playa de 2011.
Más aprendizaje y formación
Desde 2013 soy celebrante a tiempo completo, después de seguir formándome. En 2015 hice una formación como celebrante funeraria con la UK Fellowship of Professional Celebrants. Después llegó un curso de un año sobre acompañamiento espiritual al final de la vida con la Asociación Vinyana en Barcelona, en 2017. Y desde diciembre de 2015 facilito el Mallorca Death Cafe de manera regular, fascinada por cómo cada encuentro es diferente y por lo poco que se habla del duelo en nuestra sociedad.
Quiero que mi futuro me lleve más profundo hacia lo sagrado: estar presente al final de la vida y acompañar a quienes quizás no tienen una fe religiosa. Quiero que me llamen, como antes se llamaba a los vicarios y pastores, para estar con quienes se están yendo. Para ofrecer palabras de consuelo en momentos tan profundos.
Me siento orgullosa de llamarme celebrante y de ser parte de un movimiento que está cambiando la manera en que entendemos la ceremonia. Estoy abriendo un nuevo camino y a veces me siento un poco sola en este paraíso, desde el punto de vista profesional. Pero tengo la certeza de que todo se revelará en su momento, si sigo poniendo un pie delante del otro, día a día.
Si tuviera que resumir mi vida en pocas palabras diría que estoy bendecida. Hay luz, sabiduría, felicidad y magia a mi alrededor y me siento profundamente honrada de compartir momentos tan importantes con tantas personas.